Heridas del Alma…

images..Por años este mensaje ha sido de gran inspiración para nuestro matrimonio; una historia fuerte, un relato que nos conmueve y llega al corazón… mi esposa Myriam, ha sufrido intentos de aborto desde su gestación en el vientre de aquella joven adolescente que jamás conoció; el abandono en una fría cama, semidesnuda y sin cuidados por su condición de “poca esperanza de vida” la había dejado “tullida”, ella siempre recuerda el día en que escuchó por primera vez esta historia tremenda que nos sacará una lágrima del corazón, pero nos dará la mejor sonrisa..

No tenía 5…tan solo 4 años cuando quedé “Tullido del Alma”…sufriendo las heridas de haber perdido también (como en la historia) a mi padre y abuelo en aquella fatídica ruta…. un accidente que quebró las posibilidades que cualquier niño “normal” tendría en la vida; por aquellos tiempos una familia unida, próspera y cargada de sueños quedaba destrozada por “esas cosas de la vida”….viví por años en Lodebar (el lugar donde los sueños mueren y los reyes se transforman en mendigos), retumbaba en mi alma el “Crac” de aquella circunstancia que me situó en la categoría de “No califica”. La historia se repite: la vida continúa y llegó el momento de verse al espejo y responder a las 3 preguntas: Trabajo? Matrimonio? Ministerio? ….no…no calificaría nunca… pero un día el REY mandó a buscarme para devolverme la condición de príncipe, me sentó a la mesa real y pude responder aquellas 3 preguntas….

Disfrutá el relato de Dante que seguramente impactará tu alma:

Esa mañana pudo haber sido una cualquiera. El niño se despertó en su cuna real y alguien le acercó su biberón real. Tenía cinco años de edad y todos en el enorme palacio decían que sería tan buen mozo como su padre. Y tan alto como el abuelo”, comentaba un cortesano. Era un niño con un futuro prometedor, el hijo del príncipe y nieto del Rey, nada menos. Tenía un gran parecido con Ricky Ricon de Hollywood; todo a sus pies, sólo tenía que pedirlo. Pero esa mañana algo interrumpió el desayuno real de nuestro futuro Rey; una tragedia, algo inesperado. De pronto el palacio se transformó en un caos. Un mensajero con una mala nueva, y después lo impredecible; gritos, estupor y ruidos poco familiares que el niño de cinco años no alcanzaba a comprender.

“¡El Rey y el príncipe han muerto en la Batalla!”. El niño no conoce el significado de la noticia, o por lo menos no percibe que su futuro vaya a cambiar de rumbo en los próximos minutos; después de todo, el no tiene porqué saber a qué hora comenzará la cacería de brujas. Nadie jamás le dijo lo que podría suceder si su padre y su abuelo murieran el mismo día; es que esas cosas ni siquiera se comenta… hasta que suceden. El no entiende que, al morir el Rey, su vida corre un serio peligro, así que no es sorprendente que en medio del alboroto siga jugando con sus juguetes reales. Pero la nodriza entiende algo más sobre reyes, palacios y herederos al trono; así que toma al niño en sus brazos y corre desesperadamente hacia el bosque. El muchachito tiene cinco años y no tiene la culpa de que su padre y su abuelo hayan muerto en una batalla, un niñito no merece morir por intereses monárquicos. Pero hubo un error. Un maldito error que el niño no olvidaría por el resto de su vida. La nodriza tropieza y el principito rueda por el piso. Un seco “crack” deja estupefacta a la mujer, y el niño no para de llorar; sus frágiles tobillos están ahora quebrados.

Esta no es una historia justa; el mismo día que queda huérfano de padre y abuelo, abandona el palacio y un tropiezo de quien lo transportaba lo transforma en un tullido, un lisiado, un minusválido por el resto de su vida, la historia narra que jamás volvió a caminar y que tuvo que vivir incomunicado en el cautiverio, en un sitio llamado Lodebar, el lugar donde los sueños mueren y los Reyes se transforman en mendigos.

Ahora ha pasado algún tiempo y el niño ya no tiene cinco años, posiblemente tiene trece o diecisiete, tal vez treinta. Y llega la mañana de las famosas tres preguntas de la vida: trabajo, matrimonio, ministerio. Pero tampoco le gusta lo que ve en el espejo, y alguien le susurra en el oído que “carece de méritos para responder a las tres interrogantes. No califica”

El apenas si podía imaginarlo, estaba minusválido porque alguien lo había dejado caer. Su vida social estaba dañada; pudo haber sido un Rey que con sólo chasquear sus dedos habría tenido un harén a su alrededor, pero era paralítico… de los pies y del alma. Se llamaba Mefí Bosset.

El relato nos sorprende porque posiblemente todos tenemos una historia triste para contar. Nuestra vida marcha correctamente hasta que un día, sin anunciarse y sin previo aviso, algo nos quiebra los tobillos y pretende cambiar el rumbo de nuestra vida. La niña descubre que ya no puede sonreír cuando su padrastro se aprovecha de su infancia y le roba lo más preciado que una mujer puede tener; un muchacho siente que su corazón se destroza cuando su prometida lo abandona como si sus sentimientos fueran un juego de naipes; un hombre descubre que su socio lo está estafando sin importarle todos los proyectos que tenían en común; una dama descubre que su esposo la engaña desde hace tres años con una mujer más joven; una novia se siente morir cuando su prometido pretende manosearla; “Crac”. Es el sonido denominador común de todos los casos. Alguien de pronto nos hace caer dejándonos tullidos del corazón, paralíticos del alma.

Sin duda lo más doloroso es que en ocasiones las personas de quien más dependíamos son las que nos dejaron rodar por el piso. De pronto la frase de una madre exasperada por los nervios nos sentencia en nuestra adolescencia :”¡Nunca cabiarás! … ¡Inútil!… ¡Torpe!… ¡Tú no eres como tu hermano!”; palabras que nos quiebran los tobillos dejándonos a la vera del camino. Parecen frases inofensivas y hasta justificadas, pero nos marcan a fuego y en ocasiones pretenden determinar nuestro futuro.

Recuerdo que dibujaba una sonrisa cuando alguno de mis hermanos comentaba: “Dante será cada vez   más flaco”, y hasta soltaba una carcajada cuando el profesor de Educación Física se burlaba de mis piernas endebles para los deportes; y también supe disimular cuando un líder me señaló con su largo dedo índice y sentenció :”Nunca DIOS te utilizará, ÉL no usa a los rebeldes”, pero por dentro sentía que esos “crack” intentaban arrancarme del palacio y transformarme en mendigo.

Claro que mi historia, como la de Mefi Bosset, no tiene un mal final. La Biblia narra en 2 Samuel 9 que una tarde, el Rey David (que había relevado en el trono a Saúl) pregunta si acaso existe alguien de la antigua monarquía, de la casa de Saúl, que pudiese estar vivo, ya que el rey desea cumplir un viejo pacto hecho con su difunto amigo Jonatán. Alguien cercano al trono, llamado Siba, le comunica al Rey David, que, efectivamente, en Lodebar se encuentra el hijo de Jonatán, el nieto de Saúl, alguien a quien le correspondía el palacio… pero que vivía en el cautiverio. Y entonces ocurre lo impredecible, el Rey quiere que busquen a Mefi Bosset y lo traigan a su mesa. David desea devolverle su condición de príncipe.

Ese día siempre llega para los minusválidos del alma. El vocero del Rey interrumpe un día en tu Lodebar, desenrrolla un pergamino y lee en voz alta: “El edicto real proclama que regreses a tu lugar de origen, pasando por alto tus heridas y complejos. El REY ha dispuesto que te sientes a la mesa junto a los demás comensales, a partir del día de la fecha”. Mefi Bosset ha vuelto a casa, a sentarse a la mesa real, donde las gorditas olvidan su peso y los de baja estatura se sienten gigantes; donde los tobillos cicatrizan y la caída sólo es un recuerdo del pasado.

Gracias Dante!

Andres Ali.-

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2 comentarios

  1. yanina

    Gracias! hermosa historia.

    29 enero, 2014 en 14:44

    • 😉 !!

      11 febrero, 2014 en 10:37

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